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Bienvenid@ a Shinobi Sensu. Sé participante de una nueva era de conflictos que azotan el mundo shinobi desde finales de la Cuarta Guerra Ninja. Treinta años han pasado desde entonces y las alianzas ya no existen, mientras que Akatsuki emerge lentamente como la amenaza que fue en el pasado. Escoge tu aldea con cuidado y prepárate a pelear. La gran batalla está cerca...



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Howling Gale.

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Howling Gale.

Mensaje por Nebel el Vie Dic 28, 2012 10:38 am

Howling Gale – Entrenamiento de Fuerza
Líneas a cumplir: 112



Una suave briza acariciaba la aldea de Otogakure, oscura, inmersa en una eterna neblina. En el marco de su ventana se había posado un cardenal, como una joya extraña que se encontrase perdida por alguna extraña casualidad. Los gorjeos de la perla la despertaron esa mañana fatídica, unas semanas antes de que se graduara como Genin en esa ciudad. – Ya hice esto antes… ¿Qué hice yo para merecer esto? - se levantó quejándose, atiborrada de cosas para hacer y volver a estudiar para aprobar de nuevo ese examen. – Capaz fueron todas esas florcitas que les quemé a las profesoras cuando querían que hagamos ikebanas… – recordó la ira de las mujeres cuando ella, inocentemente arrojó una kunai con un sello explosivo en el aula de clases. Mientras, se iba vistiendo. – Bueno, eso tampoco fue para tanto. Se lo merecían. ¡Soy un ninja! – se clavó el par de sandalias más roñoso que tenía en el ropero y las ajustó con rabia – Que me ponían a acomodar florcitas. – farfullaron sus pensamientos mientras se terminaba de vestir y emprendía la marcha hacia las afueras de la ciudad. Para su sorpresa, cuando volvió la mirada a la ventana, el cardenal seguía ahí. – Un poco tonto ese pájaro… - susurró, y siguió con su camino. Mientras recorría las calles de Otogakure, no podía evitar recordar todas las razones que podrían causar su mala suerte. – Esa vez que golpeé a un niño pedante que quería ser ilusionista… - rememoró con una sonrisa pintada en la cara la expresión de terror del minúsculo estudiante que corría como un demente cada vez que la veía. No se arrepentía tanto, hasta sus profesores le habían agradecido haberle bajado los humos al señorito. Podía enumerar una lista de desastres que había causado aquí y allá… siempre con algún que otro sello explosivo de por mano. ¡Increíblemente útiles eran esas cosas!
En menos de lo que pensó llegó al claro donde se proponía entrenar. Un claro más o menos cercano a un arroyo en lo profundo de un bosque. Se decidió a empezar con su asunto de entrenamiento, e inmediatamente caminó hacia unas rocas del costado del claro. Pretendía levantarlas y llevarlas hasta la orilla, en pos de entrenar su fuerza. Aunque su tarea no sería tan fácil como pretendía que lo fuera. El camino se empinaba hacia la orilla al norte, lo que significaba un esfuerzo muscular mucho mayor al que pondría si fuera un camino normal. – Como me dijo un tipo una vez – meditó la joven al pensar en lo pesado que sería el día – si no duele no funciona – suspiró y fue a buscar una roca. La primera que tomó no era muy pesada… medía aproximadamente 50 centímetros por… 80 centímetros. Pesaría 10 kilos, no mucho más. – No seas maraca, agarrá una más grande Arashi – se dijo a si misma. Acto seguido arrojó la roca al arroyo y ésta hizo el agua saltar. No era pesada… Así que mejor sería encontrar alguna otra más útil para su entrenamiento.
Quedó pensativa por un segundo y luego se decidió a ir por otra roca. Una más grande, en proporciones un 50% más grande que la anterior. Lo mismo respecto al peso. El sol repentinamente empezó a escabullirse por los pequeños agujeros de una nube, iluminando el frío claro. En poco empezaría a calentar el día – Santísimo hijo de tu madre, ¡¡¡sol desgraciado!!! ¿¡Justo hoy, justo hoy?! ¡¿Y eso de que pronosticaban alguna lluvia o algo?! – chilló para sus adentros, pensando que lavar una pila de ropa transpirada no sonaba nada gracioso. Hizo su camino por el bosque cargando la enorme piedra, sin muchas interferencias a lo largo de la senda cubierta de frondosos árboles, arbustos, y demás porquerías que en un bosque podrían encontrarse. Tales como ardillas muertas, pájaros flotando por ahí medio muertos por el frío de la mañana y algún que otro par de ropas interiores colgadas en las ramas. – Mirá, que lindo ese de encaje – murmuró llegando a la orilla del arroyo, y en menos de lo que quiso acordar se encontraba medio parada, caída, con los pies enterrados en el arena.
– Bueh… a ver, si a esta le pego – levantó la roca por su cabeza y con el máximo esfuerzo, la lanzó hacia el agua. La roca se estrelló contra otras de por ahí, donde varios pájaros se encontraban descansando momentáneamente. Con el impacto, varios volaron a la velocidad del rayo, y seguramente los más lentos de ellos habrían sido aplastados por la crueldad desconsiderada de semejante hija de puta que no tenía nada más interesante que hacer. – Me viera un ambientalista loco de esos… - En pocos segundos volvió hasta el claro, saltando por las copas de los árboles, que ahora eran más accesibles que las del otro camino – Tendría que haber venido por acá – dijo, al ver que el lugar estaba mucho más despejado que el bosque cuasi-selva por el cual había pasado para llegar hasta allá. En lo que iba saltando hasta el claro, entonó una canción que era deshiladas por las gélidas corrientes de viento – Quiero matar al único testigo… para el asesinato de mis flooores... ♫ y convertir mi llanto y mi sudor en ♫, en eterno montón de duro trigo ♫ - al llegar, buscó una roca proporcionalmente más grande que la anterior. La cargó sin muchos problemas, apurada por sacar algún músculo perdido a la luz de nuevo.
El mismo trayecto de antes, un poco más lento. Llegó a la playa y para la sorpresa de su sonrisa, encontró caminando en la lejanía a una joven conocida suya. Arrojó la roca y fue directamente a su encuentro. La niña, cuyo nombre resplandecía en las listas de shinobis, era llamada Midoriko Hanako. Pertenecía a un clan médico de la villa, una familia bastante agradable. Todos ellos eran tan amables que podían derretir el corazón del más desgraciado con un par de sonrisas. Y así hacía ella con el joven. – Arashi-chaaaan~ – clamó la joven al verla y corrió a su encuentro. Una vez cerca, se inclinó en un cordial saludo y lo deslumbró una vez más con sus perfectas facciones y su sonrisa de niña, curvando esos pequeños labios tiernos que tenía. Ella, fría y blanca como la misma Luna, se sonrió y le dio las buenas tardes. Palabras más, palabras menos, ella le comentó que se dirigía a una aldea de la costa a practicar Taijutsu. Ella, alegre de tener tanta suerte, le comentó que en ese mismo instante ella estaba entrenando su fuerza física. – ¿Quieres entrenar conmigo? – le propuso cálidamente la joven. Y, una oferta tal, proveniente de semejante belleza… era imposible de rechazar. Asintió con timidez y así ambas se dirigieron a esta aldea. Los míseros cirros que cubrían el sol se despejaron, dejando que éste iluminara el maldito paraje por el que transitaban – ¡Que suerte! – clamó la chica, apresurando el paso un poco más. Ella estaba a pasos de matarse. No soportaba tanto calor cuando entrenaba. Tras un par de minutos llegaron a la aldea. Entraron en una cabaña, donde un té caliente los esperaba a ambos. – Bienvenidos, tanto tiempo señorita Midoriko – habló un hombre, con pintas de pescador – Es un placer verlo de vuelta – sonrió la niña, y prosiguió a presentarle a su no-muy-femenina acompañante – Ella es una amiga mía, se llama Arashi – dijo con alegría, y el pescador le sonrió sin siquiera saber quien era. Una vez fuera, ella le propuso – Bien, yo tengo una fuerza bastante importante, he de reconocerlo – sonrió con júbilo – y a ti te vendría bien servirme de práctica, podrías aguantar mis golpes mientras yo perfecciono mi taijutsu – clamó – que creo que el tuyo es mejor que el mío – agregó. La joven se limitó a sonreír, sin mostrar mucho interés – ¿Empezamos? – preguntó la chica. – Cuando quieras – le respondió ella. La pequeña joven, sin siquiera esperar un segundo, ni que ella armase su guardia, propinó un golpe cuya fuerza abismal hizo que el jaguar tuviera que retroceder para pararlo. Hecho esto, el intentó todo lo que pudo para resistir, pero la fuerza de la chica era más grande que la suya, y tuvo que romper ese agarre.
– Bueno, pero no estás tan mal – dijo la joven – Así le rompí la cara a varios – murmuró y sonrió, clavándole la mirada con esos ojos brillantes que sólo ella tenía. De nuevo otros ataques, que la joven intentaba, con todo esmero que podía encontrar en su ser, detener. Algunos eran demasiado fuertes y no los podía contener por mucho tiempo. Así por horas midieron su fuerza y continuaron perfeccionando sus estilos de batalla. Para la caída del sol ella podía aguantar muchos más de los golpes de la joven, por mucho más tiempo. – Aprendes rápido – susurró ella – Es posible… - contestó el jaguar, quien se estaba aburriendo poco a poco, pero intentaba mantenerse interesado para no faltarle el respeto. Aprovechando su distracción, ella atacó con un contundente gancho por un punto ciego de la kunoichi. Pese a ello, éste movió rápidamente su brazo en defensa, con el puño cerrado y tenso. Recibió el ataque sin problemas, pero ese no sería el único. El otro puño de la joven se abalanzó contra el frío rostro del jaguar, quien moviendo su otra mano rápidamente, le sujetó la suya, sin perder el control del resto de su cuerpo. Quedaron en una inmovilidad aparente, ambos, quietos pero aun esforzándose por quebrar el agarre del otro. Pese a los intentos, ninguno de los dos logró nada. – Bueno, ¡genial! No me explico como avanzas tan rápido – clamó la joven, algo descontenta por haber sido igualada. Ella susurró un “gracias” algo avergonzada, pero su hiperactiva compañera insistió en interrumpirlo. – Vamos, ya es de noche. – Ambos observaron el horizonte tras las casas y un par de árboles, y vieron al sol esconderse tras las nubes. – Si nos quedamos por más rato, nos matará el frío de la noche – dijo la niña, y ambas se apresuraron para volver a la aldea.
Arashi estaba en pésimas condiciones. Había estado intentando por días fortalecer su musculatura de diferentes maneras, ya fueran pesas o diferentes tipos de taijutsu que quizá ayudarían a fortalecer su cuerpo, pero parecía en vano. Había empezado a correr pero eso sólo favorecía más a su velocidad. Ahora, en cuestión de poco tiempo, el entrenamiento que la había dejado tirada por el suelo con la joven seguramente le habría dado más fuerza que todos sus tontos intentos. – Tendría que pedirle para entrenar más seguido, así voy a terminar con el tremendo cuerpo – se dijo a si misma mientras arrastraba los pies por el bosque. Así harían, varias semanas entrenando de la misma manera… Otras veces ella debía cargarla y caminar hasta poblados a varios kilómetros… Entrenamientos así la iban a matar…
– Dime Arashi… - susurró la niña, mientras avanzaban corriendo rumbo al sur-centro de la isla mayor. – ¿Dices que sigamos teniendo problemas con Kirigakure? – preguntó como quien no quiere la cosa, sin conocer que el jaguar ignoraba completamente la situación con esa aldea lejana. Pero para confortarla afirmó – No, no por el momento – con una convincente seguridad, sabiendo –dentro de su ignorancia – que lo más probable era que se acercase algún conflicto, pero no pretendía alarmar a la joven – De cualquier manera, el resto de los países parecen estar dormidos – continuó argumentando, para calmarla. – Además, tenemos una aldea bastante difícil de encontrar, es más – hizo una pausa y se giró a verla a los ojos – sabes que entrar a la aldea es realmente complicado – sonrió, y ella lo hizo a la vez. Para ese entonces estaban entrando a la aldea. Las luces se hicieron presentes por las calles más importantes, y ellos se encaminaron por la senda de los comercios. – Arashi… - murmuró la chica – ¿no tienes hambre? – le preguntó con suavidad. El jaguar entendió instantáneamente la propuesta no hecha pero implícita en la pregunta. Su maldita fama de ser buena en la cocina se había expandido por toda la desgraciada academia. – Podría invitarte un bueeen ramen – le contestó. Ella esperaría que la invitara a comer a su casa, y la siguió animada. Sin embargo, el jaguar tenía tantos animos de cocinar como de seguir levantando piedras, por lo que la condujo hasta la tienda de ramen más cercana. Ella no objetó nada, no había dado señales de que iba a cocinar tampoco. – Engañosa – pensó, y tras de todo no podía acusarla. Se sentaron dentro del local, sobre un tatami, y ordenaron lo típico. En poco tiempo el plato les llegó, más rápido que de costumbre ya que a esas horas no muchas almas se cruzaban por las calles de Otogakure. – Han tenido suerte – les comentó el dueño del local, quien les alcanzó sus tazones de ramen. – Mañana empezamos a cerrar más temprano – les comunicó y luego los dejó solos. – ¿Te gustaría entrenar mañana también? – cortó el silencio hambriento la chica, con una pregunta que no era la que quería que escapara de sus labios, pero seguía siendo oportuna de cualquier manera. – Por supuesto – contestó ella con ánimos, terminando su ramen. Acabada la cena, ambas se marcharon hasta sus respectivos hogares. Se despidieron en la entrada de la casa de la joven, y prometieron encontrarse en el negocio de ramen al mediodía del otro día.
El jaguar se escurrió por las sombras, dejándose devorar por la oscuridad. Cada paso más ágil que el anterior, ella empezaba a deslizarse entre los tejados, como un ladrón furtivo. Tosió en el frío de la noche, y una neblina blanca escapó de su boca por las terribles condiciones de la aldea. Saltó hasta su ventana y se escondió entre sus sábanas, protegiéndose del gélido viento que corría por las calles de Otogakure.









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