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Bienvenid@ a Shinobi Sensu. Sé participante de una nueva era de conflictos que azotan el mundo shinobi desde finales de la Cuarta Guerra Ninja. Treinta años han pasado desde entonces y las alianzas ya no existen, mientras que Akatsuki emerge lentamente como la amenaza que fue en el pasado. Escoge tu aldea con cuidado y prepárate a pelear. La gran batalla está cerca...



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Ways of the Wind

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Ways of the Wind

Mensaje por Nebel el Jue Dic 27, 2012 8:36 pm

Tiempo: Cuando esta desquiciada estaba en la academia ninja de Kumogakure.

Pocas ocasiones en el condenado calor estival podía verse la luna adornada con interminables nubes negras a su alrededor. Cada una de ellas brillaba con el destello del pequeño cuerpo celeste, y se oscurecía mezclándose con la bóveda renegrida por debajo. Un sonido cortó su concentración, mientras yacía boca arriba en su cama de blancas sábanas blancas, observando las sombras tras el cristal. El demonio de su conciencia dictó que su fatiga se había curado ya, con la suerte de hibernación en la que se dejó caer esos tres días. Quizás todo el ron que había tomado le estaba pesando en el cuerpo... O simplemente la pereza que la condenaba era demasiado insistente como para dejarla levantarse. Dirigió su mirada hacia el despertador, cuyo ruido había ignorado por algún curioso engaño de su mente. En la mitad de la noche, el desgraciado se animaba a romper su calma. Las agujas apuñalaban un "tres", mientras ella se sentaba en la seda, enredada entre sus piernas, como si quisiera encadenarla a su lecho níveo y no dejarla escapar... al menos por unas horas más.
Arashi, y su espectral presencia arrancaron con suavidad las sabanas, arrojándolas sobre la cama, como si se liberase de serpientes ponzoñosas pensando que eran indefensas lianas. Tomó forma al salir de la penumbra en la que se hundía su cama, tomó forma en el brillo de esa luz de luna manchada... La habitación estaba iluminada sólo por el resplandor del astro, sutil, terso, escurriéndose por donde podía, moldeando cada objeto en aquella habitación ennegrecida por la noche. Los pasos del demonio habían llegado hasta donde más deseaban ir... La heladera. Su estomago rugió, colérico y hambriento, clamando por lo que le había hecho falta en todos esos días. Abrió el refrigerador y su figura se hizo más notoria. La seda caía desde sus hombros hasta su rodilla, en un vestido de noche tan blanco como sus sábanas, y casi tan blanco como su piel. La luz y la bruma congelada emanaron suavemente del aparatejo al abrir la puerta. Permaneció ahí durante unos segundos, hasta que eligió qué llevaría para darse un desayuno de medianoche. Hecho esto, cerró la puerta...
Y volvió a sumirse en las tinieblas. Con lo que llenaría su estómago por horas, caminó hasta su escritorio, donde su bolso se encontraba. Depositó los víveres adentro y con la lentitud tan irritante que la caracteriza, avanzó hasta su ropero. Los atavíos que elegiría serían los típicos, prácticos para el entrenamiento. Vistió un pantalón negro suelto, sostenido por su cinto con armas varias dentro de un pequeño bolso colgando del mismo, puso su remera de red y un chaleco negro. Calzó sus sandalias, acomodó su pelo para que se apartara de sus ojos, y tomó sin ningún apuro su bolso, que aún descansaba sobre su escritorio. Dio un par de vueltas sin poder encontrar las llaves, y por ello, resolvió hacer un camino más corto. Pisó el marco de su ventana y saltó por ella, hasta el techo del edificio lindante. Sus pies hicieron resonar levemente las tejas, y empezó a caminar con su inseparable parsimonia en medio de la noche por sobre la casa desconocida cuyos habitantes, asustados, se habrían preguntado más de mil veces quién o qué provocaba esos ruidos.
De otro salto cayó en la calle, arrodillada y apoyándose con una mano en la tierra, levantó la mirada como si alguien podría estar siguiéndola u observándola a esas horas de la noche, se levantó y empezó a caminar sin apresurar la marcha. Le quedaban 3 horas de oscuridad, y no le apetecía entrenar cuando los rayos del sol se levantaran por sobre las murallas, reclamando su sudor como paga. Pese a todo esto, su velocidad permanecía casi tan rápida que la de una tortuga. A veces hasta podía considerarse inexplicable como podía alguien caminar tan lento, pero así era la demencial sombra que se arrastraba en la noche, como un súcubo hambriento. Atravesó la calle principal y llegó tras varios minutos al bosque, ya en las afueras. Se dirigía a un claro que conocía, aunque quizá se le haría un poco más difícil encontrarlo con tan poca luz. Se adentró entre los frondosos árboles, y subió a la copa de uno de ellos, para poder encontrar su destino más fácil. Empezó a balancearse entre las ramas, adentrándose cada vez más en la penumbra de aquel lúgubre bosque.
Unos minutos más pasaron hasta que halló el claro. Bajó de la copa del árbol que bordeaba el lugar y rebuscó una roca en medio del paraje. Se sentó sobre ella, observando la hierba a sus pies. Quitó de su espalda la mochila que llevaba sus alimentos, con intenciones de alimentarse antes de comenzar. La fría lata de cerveza ahora congelaba sus manos, y un par de sándwiches quedaron dentro de la mochila por unos segundos más, fríos por el brebaje. - Tú que traes alegría a mis días - susurró a la pequeña lata que tenía en manos, y luego la abrió apurada. Esta hizo un sonido tan delicioso como la bebida misma al abrirse, y la endemoniada joven le dio un buen trago. Luego buscó los sándwiches y devoró uno como una bestia. Bebió un poco más, siguió comiendo y cuando menos quiso acordar, ya había terminado todo. El último trago de la cerveza le dolió en el alma, sabiendo que su ignorante elección la había dejado con sed. Bien podría haberse traído otra lata. Se levantó, y ahora parada sobre la roca, estiró sus brazos y vislumbró sobre su cabeza la luna brillando entre las nubes.
Indiscutiblemente era una hermosa noche para entrenar, y ahora, empezaría lo que venía a hacer. Se acercó al árbol que más se adentraba en el claro y tomó distancia prudente. El sufrimiento de la pobre planta se haría esperar, ya que el primer jutsu que ejecutaría obviamente le llevaría más concentración que los otros. Ponderó las circunstancias, recordó las enseñanzas y procedió a acumular su chakra en su boca, hinchándose así levemente sus mejillas. Una pequeña aura casi imperceptible de color celeste la rodeó, y el chakra comenzó a mostrarse moldeado a la manera de su naturaleza. Sin esperar mucho, golpeó al árbol con su jutsu, escupiéndolo, pero pareció no tener mucho efecto. Lo esperado era un golpe certero de aire comprimido, pero este no había dejado siquiera una marca. Decepcionada, volvió a intentarlo. Cargó de chakra su boca y arremetió al desgraciado árbol con su ataque. La ausencia del sonido evidenció la redundante falla, y ella, volvió a pensar en qué punto estaba fallando. Se sentó frente al árbol y observó la intacta madera del mismo. - Ah! Ya me acuerdo! - clamó para sus adentros.
Tenía una manera más fácil dentro de sus opciones para utilizar ese jutsu. Debía efectuar otro antes, que ocupe mejor la energía en su cuerpo y aumente el acierto de sus ataques. Volvió a pararse frente al árbol, sin siquiera pensar en el fracaso, y sonrió mientras el chakra corría por sus extremidades. Corrió lejos del árbol y acto seguido, agitó su mano en el aire y lanzó un potente ataque en forma de corte, pero no era precisamente los que esperaba antes. Si bien aquella técnica había sido efectiva, se había desconcentrado. Entonces, tomó nuevamente su distancia. Preparó nuevamente la energía bien distribuida por su cuerpo, pero ahora concentró su chakra fuuton sólo en la superficie de su brazo. Se formó una línea brillante que se reflejó en sus ojos e iluminó su piel, y una vez preparada tras largos minutos, apoyó la mano en el piso. El corte de viento llegó al árbol y golpeó fuertemente su corteza oscura. Ahora el sonido le indicó la efectividad del golpe. La corteza se había despedazado y tenía la cicatriz lineal de su ataque. Observando el éxito de su jutsu, se tomó un descanso frente a su desgraciada víctima y observó las estrellas que empezaban a aparecer mientras las nubes corrían de la luna. Le quedaban dos jutsus por entrenar, y los el anterior no había sido mucho problema para ella. El siguiente se trataba de hacer que de su boca salgan esferas de aire, y por más tonta que parecía, no lo era en absoluto. Muchas veces había problemas con el elemento en sí o por diversas razones no funcionaba como debía. Sin embargo, le habían dado en la academia, un manual sobre cómo efectuar cada tipo de técnicas, algo bastante general pero útil en algunos aspectos. Permaneció sentada en la hierba pensando y repasando estas guías, y finalmente recordó como hacerlo. No era la gran cosa, pero cualquier intento o desborde de ira frustraría totalmente su técnica. Debía mantener la calma como debe hacerlo cualquier shinobi, y no desviarse en el tipo de chakra que enviaba a sus manos.
Empezó a moldearlo y sus mejillas hinchadas se hicieron notorias. El pequeño engendro de viento se generó en su boca, pero aún no era suficiente para asestar un buen golpe. Masculló un par de palabras de rabia, pero continuó con su tarea. Por más difícil que fuera, la terminaría no importa qué. Tras interminables intentos consiguió algo aproximado a lo que necesitaba. Se paró y concentró su chakra nuevamente. Escupió la esfera que se abalanzaría contra el árbol. La corriente comprimida de viento se estrelló contra el árbol, dañándolo considerablemente. Sonriendo por su éxito, se acostó nuevamente sobre la gravilla, cansada por tanto gasto de chakra por todas las veces que había intentado los jutsus. La luna aún seguía ahí, acompañada por las estrellas, brillando en todo su esplendor. Cerró los ojos, y se durmió.
Despertó en media hora, con un porcentaje aceptable de su chakra recuperado, dispuesta a continuar con lo que seguía en su agenda. Era bastante práctico el siguiente ataque, pero debía realizarse con velocidad. Consistía en acumular chakra en su mano y lanzar una corriente de aire para empujar su propio cuerpo. No era algo ofensivo en sí, pero no dejaba de ser útil. Juntó, decidida, el chakra en su mano. Extendió la palma con su fría mirada apuntando al árbol, mientras juntaba el chakra necesario. Estaba bastante contenta por conseguir sin mucho drama las técnicas anteriores, pero esa alegría la distrajo y provocó que el chakra se desequilibre, y la técnica no tuvo ninguna efectividad. Trató nuevamente, concentrándose más y haciendo más pareja la cantidad de chakra. Intentó un par de veces más, pero el ataque parecía débil. Sin darse por vencida, una vez que descansó y recuperó su chakra, se tomó su tiempo para ejecutar la técnica. Concentró el chakra y se mantuvo ahí por varios segundos, hasta que por fin consiguió que una potente corriente de viento se despegara de su mano, pero la misma la lanzó demasiado lejos. Era demasiado chakra, así que lo reformó. Usó la mitad y tuvo resultados similares, pero al menos gastó menos energía. Continuó así y en un rato pudo conjurar su jutsu en cuestión de segundos e impulsarse con el aire sin muchos problemas. Y cayendo parada donde quería caer. Había reducido el tiempo que le costaba hacer un Ninjutsu, lo que la dejaba bastante satisfecha.
Agotada por su duro entrenamiento, observó el sol alzarse y ahuyentar a la luna de la bóveda celeste. Ese mismo firmamento ahora era teñido de los colores más extraños. Las nubes se coloreaban naranjas, algo moradas mientras el astro se erguía orgulloso, perforando con su luz los bosques y llegando a ella entre las ramas de los frondosos árboles. Sin poder siquiera quejarse de que el día había llegado, permaneció tirada en la gravilla, con los ojos cerrados, pensando aún en la luna que brillaba sobre ella. Probablemente se despertaría en el mismo lugar al anochecer, y se retiraría a su casa para dormir un par de horas más. Así fue como sucedió, y volvió a los brazos de Morfeo, sin hacer mucho caso al incómodo lugar en el que yacía inerte. El rocío de la mañana humedeció su espalda, pero lo ignoró totalmente. Las pequeñas aves del bosque desayunaron en las migajas de sus sándwiches, mientras ella permanecía hundida en el sueño interminable de un alma perezosa y cansada por el “arduo” entrenamiento. Un ruido proveniente del bosque hizo que despertara al ocaso...
Pero aun así no se atrevió a abrir los ojos. Por más que la oscuridad no se había marchado absolutamente, temía que tan sólo hubiesen pasado segundos desde que cayó dormida. Sin embargo, un pequeño animal que se acercó a ella la obligó a despegar sus pesadas pestañas. La ardilla se trepó a su estómago. Ella abrió los ojos, y la vio roer una fruta seca que no alcanzó a reconocer. Una nuez, probablemente. Se sentó en el césped, e hizo que la pequeña cayera en su regazo. El extrañamente manso y pacífico animal se quedó quieto sin inmutarse ante el movimiento de la chica, que ahora sonreía al reconocer el color violáceo de las nubes del crepúsculo. Acarició a la ardilla y la tomó en brazos, para acercarse a un árbol a descansar un poco más, hasta que cayera completamente el sol tras las montañas. Con cada segundo que pasaba, Arashi se extrañaba cada vez más de la tranquilidad de la ardilla, pero no pensó hacer nada al respecto.
Se levantó, sintiendo el cuerpo pesado por el gasto de energía. De seguro, al llegar se daría una ducha ligera y se abalanzaría a su cama. Sus planes del día de mañana debían esperar, ya que seguramente dormiría un par de días. Pese a cualquier comentario en contra de su letargo al tomar una pequeña siesta, ella consideraba que haber dado todo su esfuerzo y haber rendido el 150% merecía un gran descanso. A veces sobrevaloraba las estupideces que conseguía. Sonrió ante el recuerdo de la risa de Tora, quien se quejaba cómicamente de su desmesurada capacidad para dormir como un oso... y bostezar el día entero, como si no hubiera sido suficiente. La noche, a su gusto, debería ocupar al menos un día y medio, o un poco más. La causa de su cansancio era el desbordante esfuerzo que hacía (para lo mediocre que eran sus habilidades) al ponerse en marcha con una tarea. Si era entrenar, entrenaba como si su vida dependiera de ello, lo que la agotaba considerablemente. Por el contrario, la mayoría de los jóvenes dormían de 6 a 8 horas, pero su vida consistía en vagabundear por ahí y andar coqueteando con niñas, o en su defecto, las pequeñas, pasaban el día armando arreglos florales estúpidos que la academia encomendaba a ellas, como si una guerra se ganara con un centro de mesa o un florero. Las imaginaba tirando jarrones a tipos anonadados de otras aldeas y no podía contener la risa. Sin pensar más en sus rabias normales, se levantó y dejó a la ardilla correr por el bosque, mucho más rápido de lo que ella, en sus actuales condiciones, podía. Sintiendo el cuerpo pesado atravesó el bosque y encontró la aldea sin mucho problema. Caminó con lentitud por la calle principal y subió al techo de su vecino, como si fuese un mono haciendo sus jugarretas. Las tejas crujieron bajo sus cansados pies, y el jaguar subió hasta su ventana... para olvidar todos sus planes de baño y simplemente tirarse rendida en la cama. En poco, las sábanas la enredaron y ella se encontró sumida en el más profundo sueño, preparándose mentalmente con batallas imaginarias contra los maleantes que enfrentaría en sus misiones al llegar a ser Genin.

[112 y un poco más // +2 en Ninjutsu]









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