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Bienvenid@ a Shinobi Sensu. Sé participante de una nueva era de conflictos que azotan el mundo shinobi desde finales de la Cuarta Guerra Ninja. Treinta años han pasado desde entonces y las alianzas ya no existen, mientras que Akatsuki emerge lentamente como la amenaza que fue en el pasado. Escoge tu aldea con cuidado y prepárate a pelear. La gran batalla está cerca...



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Drunken Runner

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Drunken Runner

Mensaje por Nebel el Jue Dic 27, 2012 11:19 am

Formato usado para contar líneas: Word - Verdana 7pt
Entrenamiento de Velocidad. Líneas totales 336. Puntos a sumar: 6
Tiempo: Cuando Arashi era estudiante de la academia de Kumogakure.











- Quien fue el genio que propuso esta cuasi-aldea como lugar para el encuentro, HIC! –farfulló la joven de largos cabellos naranja, enredados por el viento, mientras junto a su amargo pero esbelto compañero avanzaban por un sendero dentro de aquella maraña de vegetación que hacían llamar “kusagakure”. Una bella aldea, conformada en su mayoría por… pasto. Algo extraña, ya que el viento se escurría entre la vegetación como si no estuviese ahí, menuda cantidad de inutilidades obstruyendo el camino al santísimo… santísimamente en vano. Se encontraban en esa peregrinación demente por capricho del Raikage. Habían aprovechado la oportunidad para reunir a todos los genins de la aldea en una especie de “campamento de verano” para mejorar sus habilidades. Todos lo veían como… si fueran recluidos a un campo de batalla. Todos esperaban que fuera una matanza. De cualquier manera, la emoción se reflejaba en sus ojos, la piel se le erizaba al contemplar el camino, al comprender que, tras un par de segundos se encontraría con aquel grupo de salvajes, infames, aquella parda de shinobis de todos los niveles de la academia que habían recorrido un camino tan extenso para, nada más y nada menos, romperse a palos con sus compañeros – al menos… eso esperaban. Un desfile de engreídos que ni siendo genins ya creían poder enfrenarse a lo que fuera ¡Qué sarcástica emoción! Aunque la cruel realidad para los pensamientos de la joven era un poco más tosca, hasta quizá más putrefacta, rancia, más pútrida que la mismísima realidad. Los hechos eran los siguientes: Seguramente los genins se encontraban tambaleando sus pantalones mojados por los nervios, o mirando a todos y cada uno de los allí presentes en desconfianza, pero con la seguridad interna de que eran tan chulos que seguramente matarían a todos con… con su linda carita de maricones. Pero lo más traumante era que, ellos dos posiblemente no estaban ni cerca de llegar al recondenadísimo puente Tencho, Tincho, Tenchi, como sulfuradísimos carajos le hubiesen puesto estos aldeanos que habitaban quien sabe debajo de qué árbol. Pero dejando de lado todas estas cuestiones triviales, los modelos prejuiciados mezclados de gennins y todo el trecho que les faltaba por recorrer entre yerbas, una cuestión mucho más esencial cruzaba la cabeza de la joven: Si tanta hierba había, y era la “Aldea de la hierba”… ¿A dónde tendrían las plantaciones de marijuana? ¿O tendrían su propio yupi? ¿Habría especies desconocidas que los goblins de pueblerinos se guardaban en sus pipas y no compartían con el resto de las naciones? Nada la ponía más de los pelos que eso, quizá y hasta se habría cruzado una planta fumable y… y… ¡¡¡Y NO SE LA HABÍA FUMADO!!! Que terrible destino este, el de no saber ni un pedo de botánica.

Tras incontables minutos de chocarse los árboles, ramas, ropa interior colgada en los árboles del camino y romper todo esto con el artilugio que llevaba en la espalda, se dio cuenta que el camino no era tan cruel como en un principio lo había visto. Su compañero iba pavoneado su torso desnudo marcado descomunalmente. – anormal de mi”•$”% - farfulló sin que la escuchara. El viaje se hizo corto con tremenda atracción para la su ebria vista. Ella pegó sus ojos a la figura del joven, quien seguramente era consciente del acoso visual, pero por orgullo o por el bien de la comodidad obviaría mencionar algo sobre ello. Por su mente cruzó el pensamiento tarado… ¿Sería frío como todo lo que tiene que ver con los frígidos de su clan? ¿O sería la excepción? Por el bien del descubrimiento científico se aproximó a él, pero el desgraciado camino entre la hierba se había terminado. Habían, como un pequeño arroyo, desembocado en un enorme río de camino. Una lomada al frente les impedía ver al final del camino, o al menos más adelante. Ella tragó una enorme bocanada de aire que llenó sus pulmones del hedor de alguna planta cercana, estiró sus brazos como si recién se hubiera levantado y sacó de un bolsillo una petaca de ron. La añil mirada asesina de su compañero se clavó en sus ojos carmesí, como si fuese una advertencia para su vicio. Como de costumbre, ella hizo caso omiso a las señales de su compañero molesto y dio un enorme trago de aquel líquido vital. Avanzaron por la lomada y aquel esbelto hombre no pudo evitar el comentario “¿Puedes parar con esto?” Y vaya cuestión idiota, ¿a estas alturas de la vida iba a insinuar… al menos intentar hacerla dejar de tomar a cualquier puta hora del condenado día? Pero aquella pregunta rememoró en su siniestra mente un párrafo… que cantó con la delicia de un meloso tono, profanado el propio por el dulce correr del alcohol.

- Or leave… a kiss… within the cup… and I’ll not ask for wine… - le susurró al oído mientras avanzaban hasta la ahora visible multitud. Se reincorporó a sus pasos, agitó su cabeza para acomodar su cabello hilado en el caos carmesí, esbozó la más pérfida de sus sonrisas, curvando la comisura de sus labios hasta el punto que sus brillantes dientes pudieron verse. Habría echado una carcajada que resonase en todo el bosque, pero no eran sus verdaderas intenciones mojar los pantalones de los genins que a pocos pasos ahora se encontraban. Dejó su mano descansar sobre las vendas de la abominable arma que cargaba en la espalda, la acarició con la nívea suavidad de sus dedos y comenzó a inspeccionar a todos y cada uno de los allí presentes. Había, como modelos perdidas, un par de jovencitas junto al puente. En seguida de ellas, como una garrapata se prendía un joven de cabellos negros. En la cercanía un par de caras conocidas de la academia, cuyos nombres no recordaría, más allá dos perdidos que parecían renegar a integrarse al grupo. Un par curioso más allá, dos jóvenes conversando sin ningún detalle en especial, y por último un joven quien conversaba entusiasmado con una niña. Ella prefirió no emitir comentario alguno cuando, al incorporarse al grupo su compañero comenzó con un discursillo innecesario. Era un pedante. Pedante por donde se quiera ver al pobre joven. Pero, al contrario de los otros niños de la aldea, él tenía un buen par de razones para serlo. Era hijo del desquiciado más temido en la aldea, llamado “Bōfūu Kaguya” o algo parecido. Los Kaguya, tanto como la rama secundaria berserker de los Hinoiri, Kyôki, eran unos desgraciados por excelencia. No había manera de explicarles que no hacía falta que armaran una batalla campal para decidir quién se quedaría con la última botella de ron de una tienda. Tienda que vaciaban a diario. Al igual que los Hinoiri, los Kaguya tenían sus leves diferencias entre grupos. Existían aquellos civilizados que rendían culto a deidades o a sus ídolos personales con entusiasmo ferviente, así como otras almas perdidas que no les interesaban mucho tales trivialidades. Éste curioso individuo que se posaba a su lado no conocía la discreción ni la prudencia. Era una bestia, casi como ella.

Empezó a tararear un discurso innecesario, sólo para asustar un poco a los futuros ninjas del lugar. – Espero que no se hayan creído el cuento ese de “campamento con fines educativos” – clamó, despertando esa idea escondida en el fondo de cada ninja del lugar. Todos sabían que algo malo pasaría… y las palabras del joven lo anticipaban – ¿Qué me miran con esas expresiones de idiotas? ¿No se les ocurrió antes? Nos han traído a batallar hasta desfallecer, ¡imbéciles! Y… déjenme aclararles una pequeña cosita – cantó, como si disfrutara la confusión que había sembrado entre los jóvenes mientras el instructor no estaba presente. – Ya saben cómo son los resultados de esto incluso antes de que empiece… -

El joven terminó con sus molestas pero efectivas palabras cuando el Jounin a su cargo regresó. Éste los condujo hacia el lugar donde se llevarían a cabo las actividades.
Tal cual lo habían descrito. Era un campamento de verano en su máxima expresión. El jounin a cargo les dejó observar el lugar y pasear por los alrededores, para irse familiarizando con el área. Una hora más tarde se reunirían para que les explicaran cómo se organizarían las actividades. Ellos empezaron el recorrido obviando las instalaciones. Se internaron en los bosques montañosos, donde encontraron varias cuevas formadas por las rocas. Un arroyo de montaña caía suavemente entre el granito, iluminado por los rayos del sol febril estival. El agua de manantial parecía suficientemente pura como para aprovecharse de ella. Subieron por la ladera, escalando rocas y saltando hábilmente formaciones monumentales enredadas en hiedra. Llegaron cansados a un lugar cercano a la cima. Llegaba el mediodía y sus desgraciadas pieles blancas no resistirían una exposición innecesaria. – Yo no quiero quedar negra – farfulló Arashi cuando estaban a la sombra de un árbol, observando todo el paisaje quemarse bajo los ardientes rayos del sol. – Bueno, bajamos – acordó su compañero. Bajar no sería un trabajo difícil. Se lanzaron saltando por las rocas, apresurados por evitar el sol. - ¿Una carrerita? – propuso el Kaguya de enmarañados cabellos blancos. – ¿Para? – inquirió el jaguar, dirigiéndole una mirada desafiante, no le dio tiempo a contestar – Si sabes que ganaré, ¿para qué juegas? – hirviendo en el fervor de la competencia, se lanzaron como balas por la colina.

Llegaron algo exhaustos para el momento en el que se daría la “charla explicativa” como habían dicho. No habían visto las playas del otro lado del paraje, donde la mayoría de los jóvenes se habían dirigido. – Te apuesto que estaban tomando sol – codeó la desquiciada Hinoiri a su aburrido compañero que no pudo contener una carcajada. – Silencio – exigió un Jônin de poca paciencia. Las marcas en su cara daban evidencia de una gran lucha… - contra un cactus o un espinillo – bromeó el joven, como si leyera el pensamiento tras su seria expresión. – No crean que vinieron para entretenerse – bramó el hombre, en un intento fallido por conseguirse el miedo o respeto de los animales que tenía en frente – Los hemos traído a este entrenamiento que durará un mes para reforzar sus habilidades particulares. Ustedes son los estudiantes más fuertes e inteligentes dentro de la academia. Si bien no han alcanzado el rango Genin aún, sus particularidades les aseguran ese ascenso. – Arashi se mantenía observando y analizando a los once participantes. Los conocía, sobria, reconocía sus caras. – Lleno de prodigios – balbuceó su inconforme pensamiento. Ella sólo tenía años de esmero encima. ¿Prodigio? Prodigio eran los de la rama principal, ella sólo tenía esfuerzos. – Además – continuó el Jônin – cuando consigan su banda ninja, serán recomendados inmediatamente para el examen Chûnin. Este entrenamiento intensivo les dará las cualificaciones para estar preparados para un examen como tal. – era una propuesta magnífica, pero el destino del jaguar y su desquiciada familia le jugarían una broma digna de su suerte. – Bien, los grupos ya están divididos. Por su número impar habrá un grupo de 3. – Empezó a separar a los jóvenes dependiendo de sus habilidades – Cada uno tendrá un Chûnin a cargo que les indicará su rutina. – Dicho esto, empezó a nombrarlos – Arashi’ha Hinoiri y Tora Kaguya – el par de brutos, ¿cómo lo iban a separar? – Midori Kanzaku y Yukiko Kazuo – dos pequeñas porcelanas, futuras especialistas en Genjutsu. – Riki Ayami y Hotaru Tomohisa – un par curioso cuyas familias eran conocidas por manejar a la perfección el elemento Raiton – Megumi Hanon y Makoto Takeshi – la pareja feliz de Genin, que según sabía, sus clanes tenían alguna fortaleza en Ninjutsu, especializada para habilidades sensoriales. El hombre nombró al resto, más parejas para distintos niveles de taijutsu y elementos variados. Todos poseían un Keke-genkai reconocido, menos Arashi.

El primer día no fue la gran cosa. Lo más estrafalario que habrían visto tendría que haber sido su sensei. Un coloso de al menos dos metros, con una espalda que bien podía servir de sombrilla para el desgraciado sol de esos días. Tenía varias cicatrices y una afición por dejar su enorme torso desnudo. – Dejá de mirar al tipo – le susurró Tora, algo cansado de la poca discreción de su compañera. La verdad es que no era de ninguna manera atrayente, era sorprendente lo bestial que era. – Nos va a hacer de goma – aseveró como si la confianza que tenía al llegar se hubiera desvanecido en cuestión de segundos. El hombre, cuyas maneras contradecían su contextura, explicó con lujo de detalles las actividades que llevarían a cabo. Ese día, correrían toda la tarde. Por la playa. Con pesas.

El dúo perezoso comenzó sin ganas a caminar tan lentos como caracoles por la playa, como si fueran un par de viejas caminando un domingo después del desayuno. – APUREN. – gritó desde lo lejos el entrenador, y ambos hicieron que la playa parezca corta por lo rápido que terminaron la primera vuelta. - ¿Y? ¡Les quedan 4 más! Y después de un descanso, ¡5 más! Son 6 series de 5 con estiramientos en el medio, y el peso irá en aumento, así que ¡APUREN! – ninguno de los dos podía creer el lío en el que se habían metido…

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Acostumbraban correr como desquiciados, pero, ¿en una playa? Parecía que el pequeño campamento de verano como habían imaginado no iba a ser tan gracioso como esperaban. Completaron la primera serie, con la lengua afuera como un par de perros sedientos. Comenzaron a estirar sus músculos y vaciaron tanques enteros de agua. No era correr lo que les cansaba. Era una combinación de arena, pesas y calor infernal que los estaba matando. Su entrenador se acercó para comentarles – Chicos, la primera semana serán entrenamientos de este tipo. Corriendo con pesas para aumentar su velocidad. La semana siguiente aplicarán esa velocidad a un combate, perfeccionando la flexibilidad y reacción, para esquivar y efectuar ataques rápidos y letales. La tercera semana, se aplicará a la velocidad con uso de espadas y diferente tipo de armamento. Cómo Arashi recibirá de su clan en poco tiempo una espada, te daremos una provisoria que puedas usar en su lugar. Tora, tu puedes crear espadas con tus huesos, así que podrás ponerlas en uso. Entrenaremos sus habilidades en cuanto a velocidad con sus armas. La cuarta semana será una combinación de las tres, como si fuera una evaluación general. Pero en ella, tendrán combates de dos contra dos con otros equipos del campamento. – las especificaciones del hombre eran bastante claras. Mejorarían lo que no tenían y luego de eso aplicarían sus conocimientos a un combate. Sería bueno ver cómo sus habilidades podían combatir otras, pese a tener debilidades.

Tras un descanso miserable de quince minutos, comenzaron a correr de nuevo. Para su fortuna, la diferencia entre las pesas anteriores no era demasiado grande y el sol empezaba a bajar. La arena se iba a enfriar… paulatinamente. – Cuando esta porquería deje de hervir como el mismísimo infierno, me descalzo – bramó Tora, medio resignado a seguir el entrenamiento. Mientras corrían, una duda le sobrevino al jaguar - ¿Cómo mierdas no nos desgarramos todavía? – farfulló mientras continuaba arrastrándose haciendo como si trotara por el arena. Minutos pasaron hasta que su lerdísimo compañero reaccionara. – Fah… cierto – comentó, como si hubiera estado analizando la situación todo ese tiempo o como si tuviera un pequeño retraso mental. – Por ahí es que estamos preparados para esto pero nos da pereza – reflexionó, en un momento que paró a acomodarse las pesas. Yo le diría que mejor aumentemos ya el peso la mirada de la joven se clavó en los ojos verdes del grandísimo payaso que tenía a su lado – Claro, claro, me parece razonable. SUICIDATE SOLO – objetó, mientras seguía con su camino – ¡Dale, no seas vaga! – Exigió el chico, a lo que ella respondió – si, el problema es el siguiente. Si aumentamos ahora de peso, terminaremos cargando veinte kilos para el final de la semana, ¿entiendes? El peso de mañana será mayor, y así todos los días. – El Kaguya permaneció pensativo… pero insistió con su idea – Sabés que podemos – su seriedad habló, dejando a inferir el resto de las razones. – Bien – asintió la joven, más por cansancio que por otro problema. Su profesor, sorprendido, accedió a su pedido. Así, terminaron el día cargando alrededor de 8 kilos cada uno. El día siguiente empezó igual que el anterior, cargando poco peso para calentar los músculos. Las cargas fueron aumentando en proporciones mayores que antes. Estaban un poco agotados… Pero los descansos que tuvieron fueron mayores. Y, según les habían aclarado, aumentarían dependiendo el esfuerzo que hagan. Así también los estiramientos… Se hacían cada vez más largos y complejos. Arashi no acostumbraba hacer lagartijas, era demasiado perezosa para ello… Pero en ese campamento estaban a la orden del día.

Los días de esa semana continuaron así. El domingo recibieron una nueva tarea: debían correr sin pesas por un terreno común y corriente. Algo sorprendidos por el alivio que representaba, se dirigieron al campo de entrenamiento con gusto. Como era de esperarse, su velocidad había aumentado considerablemente. Si bien no eran un par de rayos corriendo, eran bastante más rápidos que cuando llegaron. – No olviden llevar siempre pesas. No importa si no son tan pesadas, pero es recomendable que lo hagan. De lo contrario, no estarán preparados para entrenar e irán perdiendo la fuerza y velocidad que ganaron. – El sensei parecía orgulloso del avance sin problemas del par de chicos. Según habían oído, los otros grupos avanzaban con algún par de trabas. Sin embargo, se justificaban bajo la excusa de “son artes más complicadas que sólo correr” – lo que sin duda tocaba la paciencia de ambos shinobis.

El programa de la segunda semana parecía más entretenido. Al menos sería algo más parecido a las batallas. Según lo explicado, eran combates en los cuales la velocidad de reacción se mejoraría. No era simplemente alcanzar velocidades grandes, sino también moverse ágilmente. El lunes de la segunda semana, comenzaron bien temprano de mañana. Gracias a las nubes, los entrenamientos ya no serían un purgatorio. Las indicaciones que les dieron fueron las siguientes: Para empezar, durante 10 minutos uno de los dos atacaría con diferentes armas ninja. Sean shurikens, espadas, kunais, sus puños o piernas, o hasta rocas. Lo que fuera. La idea era mejorar la velocidad de reacción de uno al esquivar y la del otro al atacar. No habían terminado las explicaciones que ya habían empezado a luchar.

Tora, como cualquier prodigio Kaguya que se precie de serlo, ya conocía cómo exteriorizar sus huesos en forma de armas y empezó a atacar. Arashi ya estaba acostumbrada a su estilo de batalla, y él conocía ese detalle. Por una cuestión de lógica el cambiaría sus tácticas y, queriendo ser sorpresivo, fallaría terriblemente en ello. Con el primer ataque, la joven kunoichi se corrió hacia un costado con la velocidad del rayo y atacó con un kunai a su compañero. Éste saltó y se alejó del lugar, volviendo hacia a ella sin intenciones de darle un espacio a reaccionar. Aun así ella tuvo oportunidad para moverse. Se agachó esquivando la estocada de hueso y aprovechó el hueco en la defensa de Tora. Su puño esquivó sus brazos y golpeó el mentón del joven, distanciándolo.

- No fue una buena decisión – comentó el Chûnin al acercarse hacia a ellos. Viendo que sus movimientos estaban más o menos al mismo nivel – sólo que Arashi poseía más flexibilidad. – Será mejor que yo los ataque y ustedes se concentren en esquivar. – comandó, y quitó de su bolsillo varias kunais. Así, el resto del día consistió en esquivarlas, ya fuera saltando, agachándose, moviéndose para todos lados, corriendo… a veces chocándose… Hasta que al hermoso Chûnin que los acompañaba empezó a jugarles bromas. Lanzó varias kunais desde el frente pero creó un clon que lanzó más desde el otro lado del campo. Ambos fueron capaces de verlo, y decidieron saltar para esquivar toda la masa de armas que les habían tirado encima – este tipo nos va a hacer de goma, te dije – farfulló Arashi en la rama de un árbol de la cercanía. Para su hermosa suerte, el hombre había atado hilos ninjas y poseía alguna técnica extraña que le permitía moverlos a su antojo… los dirigió hacia ellos que con suerte pudieron esquivarlos, tirándose al suelo. – Descansemos un rato – ordenó el Chûnin, riéndose por la sorpresa que se había llevado ambos.

Los siguientes días no parecían muy diferentes. Los chistes del Chûnin se les hicieron casi rutinarios. Pero más tarde cambiarían a otra modalidad de combate. Ahora, ambos debían defenderse de sus ataques pero sin esquivarlos. Deberían cubrirse con las técnicas de taijutsu que conocían. No necesitaban ser complejas, pero su velocidad de reacción debería ser suficientemente buena como, para al menos, poder bloquear los ataques. Arashi parecía un poco más contenta con esa modalidad. Resistir golpes parecía más divertido que andar esquivando armas. Ella empezó atacando. Un golpe directo a la cara que Tora cubrió con sus brazos cruzados. Continuó con una patada lateral, que él no pudo bloquear perfectamente. Los movimientos de Arashi habían sido más o menos simultáneos y por ello cuando movió su brazo para cubrir su costado ya era un poco tarde. Cubrió la patada pero no como se debería. – Si no llegas, mejor no lo cubras – comentó el Chûnin. – Podría ser peligroso. En esos casos puedes esquivar o correrte. –

- Me estoy aburriendo – Durante el descanso, Arashi se sentó al borde del claro donde volvieron a entrenar. – ¿Cuándo se les ocurrió esto de fastidiar desde temprano? – le preguntó a Tora, quién estaba muy ocupado acomodándose algunos vendajes. No le estaba prestando atención. Le molestaba quedar atrás de alguien que, aunque fuera su amiga, no tenía nada de especial. – Yo quiero que llegue la semana que viene – balbuceó por lo bajo. Al empezar esa semana tomarían las espadas más en serio y seguramente les enseñarían algo sobre su velocidad de manejo. – No sé. Podrían habernos ahorrado este viajecito, ahorrado eso de encontrar nuestro lugar para dormir por nuestra cuenta, todas las incomodidades y habernos enseñado todo esto allá. – agregó Arashi, que extrañaba la comida de la ciudad y poder darse un buen baño todos los días. – Es lo que hay – le contestó el Kaguya, levantándose. – A mi me tiene podrido ya. No sé si me vuelvo. – parecía medio indeciso, pero ante cualquier problema que se presentara, por seguro se iba volando. – No te lo recomiendo… sabés como son. No hacés lo que quieren que hagas y te empiezan a poner trabas. A mi no me importaría hacerles la vida imposible, sé que no quieren problemas con mi familia… Pero me cansa, no tengo ganas. – se levantó ella también, y le hizo una propuesta que pintaría una sonrisa en la cara de su compañero. - ¿Por qué no hacemos esto a nuestra manera? Un entrenamiento de verdad, no todas estas pruebas sin peligro. Un combate a muerte. – El joven no evitaría la posibilidad de hacer algo entretenido – Nos esforzamos por la velocidad, pero vale todo, ¿no? – quería dejar las cuestiones bien en claro, siempre tenían problemas si alguno fallaba con las reglas. – Y sí, hay que cumplir con esto pero eso no quita el hecho de que podamos usar todas las habilidades que tenemos. – sin ninguna objeción, ambos marcharon hacia la montaña. Durante todos esos días nadie había ido hasta allá, así que podían romper lo que se les ocurriese sin que nadie se enterase.

Sin decir palabra, empezaron el combate. Ambos sacaron del bolsillo una enorme cantidad de kunais. Por poco no se las ponían en la boca, en los pies y salían disparados como algún personaje curioso de esos que a veces se ve por la vida. Corrieron entre un círculo que crearon de rocas, arrojándose todo lo que encontraron en los bolsillos y esquivándolos. Ya tenían la velocidad de reacción para esquivar y atacar al mismo tiempo. Realizar acciones simultáneas se hacía un poco complicado, pero mientras avanzaba el combate – más bien, una guerra campal de metal volando como avioncitos de papel – podían adaptarse a diferentes movimientos. En un determinado momento, de alguna manera telepática acordaron sacar las espadas y ponerse a practicar con ellas. Arashi saltó desde una punta a la otra de su círculo y dejó caer un golpe bestial sobre Tora, quien lo cubrió con una espada de hueso. Ella quebró la traba, apoyando uno de sus pies en el hueso mismo y saltando hacia atrás. Cayó cerca del arroyo, y Tora no tardó en responder al ataque. Su típica estocada iba directo la cabeza del jaguar, quien, sabiendo que cambiaría la trayectoria de su ataque, esperó lo inesperado. Dicho y hecho, al llegar a ella bajó la espada para clavársela en el pecho, pero Arashi se movió a un costado y tomó la espada de hueso del chico con su mano derecha. La flexibilidad que había conseguido le daba una ventaja decisiva. Sacrificó un poco de sangre para detenerlo, pero ahora la victoria era suya. Un fuerte golpe en el estómago hizo que la batalla quedara suspendida por el momento. Ambos se sentaron a un lado del arroyo. Arashi lavó su mano y la vendó, mientras Tora se quejaba del golpe. – No había necesidad de ser tan bruta – chilló, con su mano en la panza, desparramado contra una roca. – Qué hombre eh. “si si, una pelea a muerte” y se queja por un golpecito. No seas maricón – algo molesta por la poca persistencia del Kaguya, se sentó con mala cara lejos de él. – ¿Nos irán a decir algo? – preguntó cuando la vio acostarse al lado de arroyo. – Si nos dicen algo les probamos que no necesitamos esas pavadas con una batalla como esta y ya. – al jaguar le molestaba que la gente le vaya con encuestas innecesarias, mucho menos cuando ella podía estar aprovechando el tiempo de mejor manera de la que ellos hacían con su programa de entrenamiento. – Quién sabe, quizás si demostramos que cumplimos con lo que vienen a entrenarnos… nos dejan ir antes – el lugar si bien era vistoso, ya estaba cansando a la kunoichi. Ver todos los días a la misma gente con las mismas caras de aburrimiento y cansancio era un poco… tedioso. Si le hubieran caído bien quizás se divertían un poco, pero aquellas niñas de porcelana de narices respingadas sólo sabían acomodarse las uñas e ignorar con hipocresía a la parda de imbéciles que insistían en hablarles.

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– Profe – le soltó al monumental hombre que se hacía llamar su entrenador. Alguien a quien ciertamente no le llamaría nadie “profe”. Pero en la insolencia del jaguar era tremendamente perfecto nominarlo en tal patética manera. – Tengo una propuesta para usted – soltó como si estuviera a punto de sacar un tremendo paquete de mariguana del bolsillo (lo cual no deja de ser plausible) para convencerlo de que los deje irse a sus condenadas casas. – ¿Si? – preguntó curioso el hombre. Los niños de la academia ni siquiera se animaban a preguntar cosas, en cambio ellos venían con propuestas. Revolucionarios venían últimamente. Habladores. – La cuestión es la siguiente. No nos gusta mucho estar en este campamento, y por eso pensábamos… Podríamos retarlo a usted a un combate, y si ve que estamos bien nos deja ir a casa, ¿No le parece bien? – preguntó la indiscreción personificada. El hombre no pudo hacer más que reírse ante el atrevimiento de los pequeños. – Bueno, bueno… ¿Creen que podrán? – les dirigió una mirada desafiante al par de intrépidos… que no se acobardaban ante la amenaza. – Ajá – dijo el Kaguya, y le susurró al jaguar – Es medio hueco… le dijimos que si, ¿que se hace? – El hombre por suerte no escuchó y les comentó luego – Bueno, les doy hasta la noche, pero si fallan… ¡Los entrenamientos serán más duros! – Ambos lo miraron con su mayor expresión de desinterés, y se marcharon.

El día siguiente todos se reunieron en el centro del campamento ninja. Todos, todos y cada uno de los estudiantes esperaban expectantes a la batalla “patética” – según corrían las voces – que tendría lugar al caer la tarde. – Pff! ¿Quiénes se fueron a creer ese par de idiotas? – habló una joven, suficientemente alto como para que se entendiera su propósito. – Nunca han servido de nada, como siempre fueron esas familias – susurró otro por lo bajo. Se había convertido de ser unos shinobis a ser mujeres de la cuarta edad hablando de la novela del sábado. Eran simplemente patéticos, pero no dejaban de ser molestos. – Silencio, de una vez – ordenó un Chûnin de cabellos blancos, lejos de la escena.

Tora estaba tranquilo, sentado sobre la gravilla mientras se quitaba sus guantes, acomodaba un par de vendas y estiraba los músculos, preparándose para el combate. En cambio Arashi… hervía de rabia. Por poco gruñía. Curioso por entender a quién quería destrozar con tantas ganas, le preguntó qué le pasaba. – Las voy a matar, no soporto más a esas nenas. Me cansan, no las puedo ver, no las quiero ni ver! – Tora no pareció prestarle atención y siguió con sus asuntos, mientras ella aún hervía. – Se van a morir solas algún día de estos – le dijo tras un par de minutos – Creen tener todas a su favor, son de esas niñas que no entienden que no son perfectas. Luego van a un combate y terminan muertas o con un pedazo menos. Ya se van a morir – él se levantó, concentrado en su actual objetivo: Irse de ese campamento y volver a su casa. – Sabés que extraño… extraño mi cama. – le comentó, ajustándose las muñequeras. Ambos vieron llegar a su entrenador y se prepararon para la batalla, avanzando al centro del campo.

– Hay que darle con todo, me imagino –
susurró Tora, mientras veía al confiado Chûnin acomodarse los guantes. – Y si… podemos usar nuestras estrategias si queremos… no sé si es recomendable que probemos qué aptitudes tiene como para ver con qué atacamos… o si directamente vamos con todo lo que tenemos. Revisemos nuestras ventajas – sugirió la joven – si bien somos fuertes, él estará increíblemente seguro de que la victoria será suya. Eso nos deja con la probabilidad de que se descuide, entonces… – sin dejarla terminar de hablar, el hombre los interrumpió para comenzar. Ellos avanzaron y adoptaron una posición defensiva, actuada para parecer mediocre.

– ¡¡¡¿¿¿Así pretenden atacar???!!! – bramó el Chûnin, asqueado de la posición que tenían para iniciar el combate. Sin embargo, no perdonó la aparente falta y se abalanzó contra los estudiantes, para acabar con su teatro lo más rápido posible. Su cuerpo estaba revestido de radiantes rayos, técnicas típicas del clan Yotsuki, una importante familia de la aldea. Esperaban, por supuesto, un ataque combinado de Ninjutsu y taijutsu, por lo que desaparecieron de su vista. Tenían preparados un par de jutsus, kawarimis. Ambos corrieron en el campo y, aprovechándose del tiempo en el que el hombre se suspendió en el aire para realizar el ataque, blandieron sus espadas y lo atacaron por ambos costados.

El ninja, ágil, esquivó ambos espadazos, pero debía admitir que sus movimientos habían sido suficientemente rápidos. Plantó sus pies en el suelo y volvió a atacar a los dos jóvenes… pero el par de ratas no estaban en ningún lugar que se las pueda ver. Un par de kunais con hilos lo rodearon – venían de todas direcciones. El Kaguya, más rápido que la joven, corrió por todo el circuito del campo arrojando las kunais, que se clavarían en el piso a metros de él.

Arashi apareció de las sombras del bosque, blandiendo su espada, aproximándose a él con la celeridad de un dios del rayo. –Subestimas – bramó la joven, frente al hombre que aún no despertaba sus sentidos ante la batalla que estaba teniendo. Eran un par de niños que ni habían pasado la academia aún, eran los más fuertes… ¿pero que podrían hacer?
El Chûnin intentó liberarse de las ataduras, y justo antes de que el jaguar pudiera asestar el golpe, se alejó. La joven no tendría oportunidad de reaccionar, si es que él atacaba. Así lo hizo, un potente rayo del hombre se abalanzó contra la mujer.
Aunque no lo suficientemente rápido como para prever el ataque del Kaguya. La bola de lodo impactó en el hombre, haciéndolo perder la total estabilidad, dejándolo a la merced del próximo ataque del jaguar. Sin darle oportunidad a reaccionar, la joven sentenció el último golpe de la batalla. – Ka–ze–ga… fu–ku ~ – susurró su suave voz al lanzarse con la velocidad del sonido hacia el hombre. Golpeó al hombre en el estómago con su puño de viento, lanzándolo lejos del círculo de combate. Las miradas atónitas del público de jóvenes y profesores permanecieron en silencio por varios minutos.

No se dijo palabra alguna al respecto. La multitud se dispersó, decepcionada por los resultados de la pelea. La lección esperada habría sido “no debéis creerse superiores, ya que su ego podría cavar sus tumbas”, pero tal moraleja fue totalmente destruida, destrozada, sepultada por la destreza de ambos jóvenes. “Nunca subestimes a nadie” – terminaría siendo el lema. Ahora estaban frente a un drama un poco mayor que leyendas morales como tales.

– ¿Les permitiremos irse? – susurraron las voces en una resolución que no terminaba de parecerles lógica. Habían derrotado a un Chûnin, con técnicas avanzadas hasta para un Genin. Pasaban todas las pruebas existentes. Manejo de chakra, jutsus básicos, jutsus elementales… era demasiado para pedirle hasta a un niño de academia, quien con suerte conocía el manejo de trampas y armas. – Deberíamos hasta darles por aprobado el examen Genin – propuso una voz, pero el consejo no parecía factible para el resto de los maestros. No sólo había que dar mérito a los chicos por sus logros… había que tener en cuenta las repercusiones que conllevaría ascender a un par de parias de la sociedad. Un Kaguya, cuya familia salvaje apenas se civilizaba en la vida cotidiana, y un pequeño prodigio de una rama de salvajes del clan Hinoiri. Ella seguramente podría abrirse paso y poseer el rango de Genin sin problema alguno, puesto que a muchos shinobis les gustaba hacerse buena imagen frente al clan Hinoiri. Pero, ¿un Kaguya? – darle ventaja sobre otros jóvenes no parecía nada sabio.

Tras días de considerar las opciones, días que el par de chicos utilizaron para seguir mejorando sus habilidades, llegaron a una resolución: Si bien ambos habían demostrado ser capaces de avanzar, por alguna cuestión burocrática sólo podría irse uno, o… ambos se quedarían dos semanas más. ¿Cómo resolver tal conflicto? – una batalla sería perfecta para tomar la decisión. A esa altura del campamento, todos querían ver a los chicos más unidos en el lugar, a los insuperables gladiadores encontrarse en una batalla. La oferta… no la rechazarían por nada. ¿Cómo dirían no a un reto?.

Le comunicaron al par de disconformes jóvenes su solución al problema. Ambas caras teñidas en odio podrían haberles comunicado su opinión al respecto. – Necesitamos que pasen un par de pruebas más para probar que no necesitan el entrenamiento. La joven Hinoiri tiene más probabilidades, según hemos visto – Tora no podía creer lo que escuchaba. Para las exigencias de un examen Genin, estaban por sobre el rango de lo esperable. Un examen Genin consistía en hacer un par de sellos de manos, concentrar chakra y realizar unos jutsus tontos como kawarimis, henges, y etcéteras.

Ellos habían probado estar más que preparados. Inundados por la rabia, inventaron un plan para desfavorecer las resoluciones de los Chûnin. Cuando el día acordado les sobrevino, ambos pusieron en marcha su maléfico y corrupto plan para escaparse de tal martirio de campamento. Por nada del mundo dejarían a tales imbéciles decidir por sobre ellos.

Emocionados por su rebeldía, enardecidos por el complot, comenzaron su batalla. Se basaba meramente en taijutsu, como si estuvieran calentando el cuerpo para algo más importante. Varios gritos de “te derrotaré y me iré yo primero, bastardo” hacían que la escena se pareciera más a un combate real. No utilizaron mucho chakra, en realidad… no hicieron uso alguno de chakra. Sólo combate cuerpo a cuerpo, varias combinaciones de golpes de puño y patadas. Llegado un determinado momento… se detuvieron. Parecían, o al menos actuaban, como si estuvieran terriblemente cansados. Todo el mundo ya estaba aburrido del combate – algunos hasta se habían retirado. En el momento justo en el cual los espectadores se encontraban distraídos, arrojaron una bomba de humo que anteriormente habían sustraído a uno de los Chûnins, y se dieron a la fuga.
Corrieron como el viento, aplicando chakra a sus pies, dirigiéndose directamente a la montaña. Conocían las cuevas, se refugiarían ahí para confundirlos. Tomaron diferentes caminos, enviaron clones a diferentes lugares para confundirlos. Para la noche, no los habían encontrado. Ambos ninjas yacían en una cueva de la montaña, recóndita en la profundidad del bosque que los rodeaba. – Que pasada… – susurró el Kaguya al jaguar, viendo que los shinobis habían abandonado su búsqueda. Triunfantes, se escabulleron en la oscuridad de la noche.

Sus sombras errantes llegaron a la aldea cerca de las tres de la mañana. El frio condenaba la aldea reinada por las nubes, mientras sus ahora frágiles y agotados cuerpos se deslizaban hasta sus hogares. – Creo que nos pasamos, corrimos demasiado rápido ni bien vimos que no nos seguían – susurró Tora, volviendo su mirada hacia atrás, en la constante guardia de un paranoico shinobi. – Tenemos asegurado el examen – comentó después, cuando llegaron al doujo de los Hinoiri. – Debería ser así – dijo la joven, sentándose en el tatami de la galería.

– Nos irán a decir algo? – preguntó él curioso, sabiendo que su clan no lo defendería ante ninguna acusación. – no te hagas problema, sabes que el kage es de mi clan y que de paso no estaba de acuerdo con este tipo de entrenamientos. Ella dijo que estas cosas no se hacían en un mes, se hacían con más tiempo y otro tipo de entrenamientos. – explicó sin dudar la niña, quien acomodaba su enredado cabello. – Y si estamos con mi padre dudo que se atrevan a decirnos algo – calmó al joven, tras tirarse de lleno en el tatami. – Estoy muerta… – cerró los ojos y esperó a que su compañero hiciera lo mismo… pero él se mantenía en la guardia constante de un ninja paranoico.

- Mañana iremos a la academia… también podríamos quejarnos con el kage, diciéndole que nos trataron mal o algo. Sería divertido ver que hacen – comentó el Kaguya, ignorando que su compañera no tenía interés alguno de escuchar sus planes del día de mañana. No era alguien que prefiriera acomodar su día de antemano. – podemos dormirnos de una puta vez, ¿no crees Tora? – propuso la joven, hastiada de verlo despierto. – Podrían bajar la voz, vagos – amaneció el padre de la joven, arrancándose el sueño de los ojos, con su piyama enredado. – Se escaparon… ustedes se harán cargo. Pero… ¿Qué tal les fue? ¿Mataron a alguien? Si no mataron a nadie, no tienen derecho a pisar mi casa. Hasta que no asesinen a sangre fría a una de esas niñas de narices respingadas no vuelvan a pisar este lugar.


- Vayan, vayan – los empujó. El jaguar permanecía acostado, ahora en la gravilla del patio. – Otro día viejo – se quejó, agotada. Le esperaba una siesta interminable, la que esperaba no ser interrumpida por quizás veinte días. Y probablemente durmiera ahí, en el patio todo ese letargo. Era cómodo, después de todo.



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