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Bienvenid@ a Shinobi Sensu. Sé participante de una nueva era de conflictos que azotan el mundo shinobi desde finales de la Cuarta Guerra Ninja. Treinta años han pasado desde entonces y las alianzas ya no existen, mientras que Akatsuki emerge lentamente como la amenaza que fue en el pasado. Escoge tu aldea con cuidado y prepárate a pelear. La gran batalla está cerca...



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Wielding the Ancient Sword

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Wielding the Ancient Sword

Mensaje por Nebel el Miér Dic 26, 2012 1:34 am

Con el sombrío cielo a su espalda, se hizo paso entre la espesa negrura del bosque que rodeaba Otogakure. Una tibia sensación de comodidad la inundó al observar a los tupidos árboles acunar la sosegada melodía de un céfiro fantasmal. Como un ladrón furtivo se adentraba en las profundidades del recóndito confín que separaba el territorio de la Nación del Fuego del suyo, buscando algún lugar alejado de cualquier molestia, lo suficientemente aislado para poder desarrollar sus habilidades sin preocupación alguna. Necesitaba un espacio abierto, un claro en el medio de aquel pandemónium de enormes ramas, pilares de roca cubiertos en musgo y monumentales raíces alzándose sobre la fangosa tierra. Pese a la calidez ausente del paraje, la brisa que se esforzaba por escurrirse entre las copas de los gigantescos árboles acariciaba la pálida piel de la joven regalándole la oscura remembranza o, quizá, el atisbo de un sueño melancólico que abstraía su mente de las preocupaciones mundanas, del hastío recurrente que el aire estancado de una recóndita ciudad como Otogakure provocaba… o “brindaba” con alegre placer indiferente, teñido en cenizas. – Abriré un agujero en los muros, crearé una tormenta que despeje las nubes o destruiré lo fuera que impida el paso de los vientos en esa ciudad húmeda y… y… y… ¡¡¡cerrada!!! – era el pensamiento insistente de la joven, quién, inconforme de la vida como una adolescente que se precie de honrar su edad, pretendía cambiar una realidad fija, por la cual nadie se molestaba.

Pese a que había recorrido ya varios kilómetros bordeando la frontera, no encontraba ningún lugar que satisficiere sus caprichos. No podía tardarse tanto en una cuestión tan trivial, por lo que decidió comenzar con su entrenamiento de Taijutsu en el mismo lugar que recorría. Las ramas creaban un escenario especial para esquivar obstáculos, y sin pensarlo dos veces, la joven de largos cabellos rojizos empezó a danzar entre ellas. Saltó desde un árbol a otro, y en el preciso instante en que apoyó uno de sus pies en éste, tornó su cuerpo girando sobre ese eje para lanzarse de espaldas hacia el siguiente árbol. Pretendía girar en el aire y apoyarse en una rama que había divisado un poco más baja que las otras, pero… ¿cómo podría evitarse desastres cuando uno no es profesional en el arte de la flexibilidad y la precisión? Completó el giro que se proponía hacer, pero conseguir afirmar los pies en una rama… no fue un éxito. Así, caía en picada sin ramas que la detengan. Gracias a la considerable altura en la que se encontraba, no llegaría al piso en un abrir y cerrar de ojos. Cuestión que favoreció sus movimientos. Arrancó con presura su espada de su espalda y la arrojó contra el enorme tronco de un árbol. Sostuvo con fuerza la cadena y pudo encontrar la manera de alcanzar el suelo sin dejar rastros importantes de la caída. – Que inteligente de mi parte… - sopesó, observando las distantes copas de los árboles y calculando el tiempo perdido que le llevaría alcanzarlas de nuevo. Viajar entre la escoria que florecía tranquilamente sobre tierra húmeda no parecía, por donde se lo viera, una buena idea.

Con desgano empezó a subir nuevamente hasta la cumbre esmeralda, dando saltos por las irregularidades de los abismales troncos. ¿Cómo es que no había visitado este bosque silente antes? Buscando inquieta con la mirada algún lugar despejado para entrenar mejor, prosiguió con su idea – aunque ahora con más cuidado – de entrenamiento. No quedaban muchos días antes de comenzar las misiones genin, así que debería apresurar el paso. Su estado no era el más adecuado, como la academia no le había exigido mucho, se había dejado estar un poco. Temiendo que sus compañeros de equipo posean una fortaleza más grande que la suya, emprendió su camino en seguida. En determinados lugares, las ramas formaban laberintos con algunos espacios en los que ella podría pasar. Si habría más obstáculos después… Tenía un buen par de espadas que poner en uso.

Saltó hacia una rama más o menos horizontal, frente a la cual se atravesaba otra, cortándola en diagonal. Dejaban un pequeño hueco contra el tronco de un árbol, en el cual ella podría escabullirse - si su habilidad se lo permitía – así, realizó un salto enorme hasta aquella rama distante, y lanzó su cuerpo entre el espacio entre las ramas. Vio una rama más abajo que le serviría de nueva base, y se apoyó en ella con sus manos. Se mantuvo en la misma posición y giró sus manos para enfrentar al par de ramas nuevamente. Una leve vuelta sobre sí misma y apoyó sus pies contra su suelo. Observó a sus anteriores obstáculos como si se trataran de enemigos, y profirió – haciendo un esfuerzo magnánimo por mantener el equilibrio – varias patadas al par de ramas. Patadas circulares, las que más le gustaban. Un leve giro de la cintura para golpear con la parte superior del pie al objetivo. A su parecer, eran fáciles y efectivas. Combinó estas patadas más tarde con un par de golpes de puño clásicos, que se asemejaban a los de cualquier disciplina marcial. Con cada vez más rapidez, movía su brazo casi pegado a su cuerpo, empujándolo con rapidez para efectuar un golpe fuerte y preciso.

Tras un par de golpes más, continuó con su camino. Iba saltando entre las ramas, esquivando obstáculos sin detenerse, hasta que encontró tras una maraña de árboles un arroyo que corría hacia el norte, bajando de una prominente lomada. Había un buen porcentaje del terreno circundante cubierto de inmensas rocas que se alzaban a un costado del riachuelo, cambiando su curso. Si bien no era un lugar perfecto para realizar sus actividades, era mejor que el bosque que había estado recorriendo.

Subió a una roca al resguardo de la sombra de otra, cuya superficie plana era especial para entrenar. Tomó sus espadas, uniéndolas para empezar a practicar con una sola. Su orgullo ferviente la blandió con más entusiasmo al poder ver el brillo del metal en todo su esplendor. Si bien se había preparado en posición de batalla para iniciar el entrenamiento, la cegó un poco esa luz en la espada. Una luz que jamás había visto. Teniendo en cuenta la oscuridad en la que está sumida Otogakure… apreciar un metal ardiente con la luz del sol… era una utopía. Permaneció obnubilada ante la belleza de su arma y se regocijó en ella al acercarla a los rayos del sol. La hoja emanaba el fulgor de una historia que jamás le habían contado, y… para su emoción, quedaba por descubrirse. Talladas en la hoja, inscripciones y diversos dibujos parecían querer contar algo de su historia. Nunca les había prestado atención, nunca había tenido ánimos de preguntarse porqué era esa su espada. Porqué la rama principal había decidido ese regalo para ella. La había obtenido poco antes del conflicto con el Kyôki, la rama bajo la cual ella había, para su mala suerte, nacido. Por ello… no tenía datos de ella. Era sólo una misteriosa espada sin nada aparente en especial. Recordaba a sus superiores, a aquellos genins que habían obtenido reliquias, las cuales pavoneaban por la aldea. Algunas de ellas decían ser esculturas de antaño, hechas por ermitaños quienes habían regalado las espadas a sus antepasados, cuyas costumbres extrañas de cultos demoníacos les habían dejado no sólo una historia plagada de tragedias sino también un sinnúmero de armas con espíritus extraños sellados en ellas.

Ella recordaba el día que había visto pasar por la calle principal al Raikage. Un hombre de níveos cabellos que caían como seda sobre sus hombros. Enorme, titánico y poderoso, de mirada cruel, frívola, como cualquiera de la rama principal… Pero con una extraña calidez que hacía que el pueblo lo reconozca como gobernante. También recordaba la descomunal espada que llevaba en su espalda. “Akuma Ryôshi” o “El cazador de demonios”, según le habían dicho sus padres. Un arma demencial que nadie había aceptado como legado… Sólo alguien lo suficientemente desquiciado o ignorante podría haberla aceptado… A su inocente parecer, era porque, como le habían explicado, cada arma tiene su propietario, y quizás antes habían elegido mal a su poseedor… Pero las voces que corren por las aldeas no son de fiarse. Cada uno inventa una historia diferente para cada situación, dependiendo de su preferencias y amistades…

Además de todo esto, había algo que ocupaba su mente. Creía que las armas especiales con espíritus sellados eran exclusivas de la rama principal. Sin embargo, conocía a un par de genins ajenos a esta cuyas armas rayaban lo sobrenatural. Al menos un Chunin del Kyôki poseía una conocida, él se hacía llamar “Shinku Gyōshi”, pero la Raikage prefería llamarle “El Cuervo”. Era un ser admirable. Pese a los prejuicios cernidos sobre la rama más salvaje del clan, él se había esforzado por forjarse un nombre en el pueblo. En el momento en que se desató el conflicto, él era considerado la mano derecha del Raikage e hizo todo lo que estuvo a su alcance para impedir la batalla. Sus intentos fueron en vano, pero los destierros se podrían haber convertido en ejecuciones de no haber sido por su intervención. Básicamente, le debía la vida al hombre… y lo admiraba profundamente. Cada vez que veía un cuervo sobrevolar la aldea de Otogakure, recordaba su objetivo – alcanzar una fuerza como la suya, pese a lo impuro de su sangre.

Estaba decidida a entender qué especialidades tenía su arma. Ahora bien… averiguarlo iba a ser complicado. Quizás necesitaría instrucción de alguien que tuviera más experiencia en espadas que ella… Ahora, se limitaría a entrenar.

Blandió la espada y la separó. Tomó una de ellas desde la empuñadura y la arrojó, tomándola desde la cadena que la unía con la segunda espada. La espada se clavó en el tronco del árbol más cercano. Luego, tiró de la cadena – aunque debió hacer demasiada fuerza – y arrancó la espada del árbol. La trajo hacia ella a toda velocidad, pero antes de alcanzarla, hizo que se desviara hacia un costado. Hizo girar la espada con la cadena, aprovechando que el entorno le permitía realizar ese tipo de movimientos. Intentó cambiar el rumbo del giro, llevarlo por encima de su cabeza desde el costado. Pero resultaba un poco complicado… En la maniobra, perdía mucha velocidad y fuerza el giro en sí de la espada. Sin embargo, no era nada que no se pudiera mejorar con práctica. Continuó haciendo los mismos giros con la espada hasta que consiguió la estabilidad de la técnica.

Ahora intentaría golpear objetivos con ese ataque. Un par de sellos de manos y unos clones de sombra aparecieron frente a ella. Se movieron a un terreno un poco más nivelado, cercano al riachuelo. Los clones armaron su ataque y se arrojaron contra la joven desde diferentes direcciones. Con suerte tuvo tiempo de blandir la espada y hacerla empezar a girar… Los clones se alejaron del torbellino metálico e intentaron atacar de otras maneras. Ella lanzó su espada hacia a uno, atravesándolo. Luego la arrojó hacia otro, arrastrándola desde la posición anterior. El último saltó por sobre ella, quien arrojó la segunda espada hacia arriba para hacerlo desaparecer en una nube de humo. En su rostro, una mueca de disgusto se hacía presente, inconforme de lo que había ocurrido.

– Qué puedo estar haciendo mal? Es el manejo de la espada, mis movimientos en sí o… AGH! – no acostumbraba tener que entrenar tanto, no lo había hecho por meses. Se sentía un poco frustrada y desanimada… pero no le quedaba más que seguir avanzando. – Bueno… a ver que hago mal… -
Se sintió un poco decepcionada de su demora. Según planeaba, el primer movimiento debía haber acabado con los clones. No terminaría hasta que su técnica saliera a la perfección. Creo nuevamente clones y tras repetidos intentos, consiguió realizar el movimiento con una velocidad y destreza tal, que ni bien los clones se pusieron en posición de batalla los había destrozado. Se lanzó sin esperar hacia a ellos y arrojó la espada, creando otra vez un remolino fatal que culminó con el entrenamiento. Para ello, la noche ya había caído sobre el lejano paraje. Vio en el cielo despejado la luna, un extenso cinturón de estrellas y un par de murciélagos surcando la négrida bóveda. La suave brisa que se escurría desde lo alto de la colina se hacía cada vez más fría, anunciando una noche que exigía refugiarse.

Suspiró, cansada del entrenamiento. No conseguía dominar perfectamente la técnica que anulaba el peso de la espada. Conseguía si disminuir en grandes proporciones su peso, pero blandirla seguía costándole velocidad. Se propuso mejorar ese Ninjutsu en especial, y luego mejorar su fuerza. Con el entrenamiento del día había conseguido manipular al menos un poco mejor su espada, y si continuaba con una rutina de ejercicios cada día lograría la flexibilidad y destreza que ansiaba. Sonrió, satisfecha de lo que había logrado durante el día, y se encaminó hacia el profundo bosque. Su cansancio amenguaría su velocidad de movimiento, así que por seguro tardaría el doble en llegar a su casa… Debían ser altas horas de la noche cuando alcanzó la mitad del camino.

Saltando sin mucho esmero por las ramas de los árboles, en su sigilo escuchó un sonido extraño que provenía desde la dirección opuesta. Algo parecía acercarse. Se detuvo, para captar con mejor atención los ruidos que emanaban del bosque. Dependiendo de sus pisadas, de los movimientos… quizá podría darse una idea de qué era. De ser un animal, si apresuraba el paso, los sonidos de las pisadas en el reposo muerto del bosque se oirían completamente diferentes a los de un humano. Se acercó con discreción al lugar de donde había escuchado el sonido. Intentó observar el panorama, iluminado por la tenue luz de la luna. Pero no conseguía distinguir muchas figuras. Todo parecía ser raíces, rocas, lianas, plantas extrañas y nada más. Esperó con paciencia el sonido de nuevo.

Segundos después, un minúsculo ruido llegó a sus oídos. A su izquierda, una rama pareció tensarse y sonar con el peso de alguien cayendo sobre ella. Animales de tal peso no existían que podrían llegar tan rápido hasta esa altura. Alguien había alcanzado las ramas.
– ¿Por qué te escondes niña? – clamó una voz desde la inmensidad del bosque. - ¿Crees que puedes ir espiando a las personas en sus viajes? – una voz que rayaba la ridiculez exigía explicaciones tan tontas como el tono mismo de la voz.

112 líneas - +2 en Taijutsu.









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