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Bienvenid@ a Shinobi Sensu. Sé participante de una nueva era de conflictos que azotan el mundo shinobi desde finales de la Cuarta Guerra Ninja. Treinta años han pasado desde entonces y las alianzas ya no existen, mientras que Akatsuki emerge lentamente como la amenaza que fue en el pasado. Escoge tu aldea con cuidado y prepárate a pelear. La gran batalla está cerca...



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Mensaje por Shinkōshoku Ikari el Mar Oct 09, 2012 5:50 pm

Flashback

Las cadenas permanecían enrolladas en sí mismas como una boa, aparentemente lanzadas a un rincón para empolvarse y entregarse al olvido de un sótano. Habían sido abandonadas allí por los sicarios de quien fuera el antiguo regente en aquella tierra, partidario de la experimentación y un genio en todo el sentido de la palabra. Pero a ojos de la joven que había usurpado aquél título, no era más que un criminal por cuyas hazañas pagaba toda una aldea.

―Tómala.
―No puedo.
―Es tuya.
―No.
―Lo es. Mírala.

Y cuando la castaña acercó el rostro para ver mejor, cayó en la cuenta de que parecía más una gargantilla que un nido de acero puesto allí al azar. ¿Qué hacía algo como aquello en la zona subterránea, si absolutamente nadie solía bajar allí además de ella? Sus manos temblorosas no dudaron, estando su raciocinio influenciado por el que moraba en su fuero interno. Sus finos dedos se entrelazaron por debajo de las cadenas que, extrañamente, eran más livianas de lo que en verdad parecían, y entonces lo percibió: un discreto aroma a lirios y lavanda emanaba a raudales en sus manos a medida que el tiempo transcurría.

―Es un arma, Ikari. Yo mismo sé qué es y te diré qué hacer con ella. Pero sólo haré mención de una sola cosa: esto no ha sido pura casualidad.

El rostro aporcelanado vióse opacado levemente por un segundo, preocupado por esa posibilidad de haber hallado algo que debía encontrar sólo ella.

Fin del flashback ~ Inicio del entrenamiento
------------------------------------------------------------

No había podido conciliar el sueño la noche anterior, presa de la ansiedad y la curiosidad. Agazapada contra un fornido tronco y recibiendo el sol de lleno, la muchacha pasó olímpicamente de las palpitaciones de aquel que moraba dentro suyo mientras examinaba las cadenas con detenimiento. No pesaban nada, no estaban oxidadas y tampoco despedían el característico aroma de las cosas que permanecen demasiado tiempo olvidadas en un sucio rincón. En ese mismo momento poco le importaba el trasfondo de la gargantilla, la que parecía ridículamente inofensiva colgando entre sus dedos. Quería saber qué se hacía con ella, quería experimentar cómo se sentía desplazarse armada y segura a pesar de ser una mera ilusionista: quería autoconvencerse de que podría prescindir de los jutsus a partir de ese mismo momento para defenderse mejor en el combate, siendo una kunoichi que de a poco iría complementándose a sí misma en habilidades y así poder ser un ejemplo para los suyos.
― ¿Qué se supone que tengo que hacer con esto? ―murmuró la castaña por lo bajo y con tono agrio, víctima de la impaciencia propia de un niño pequeño, tirando por la borda el discursillo interno que había desplegado anteriormente.
―Primero que nada y antes de que te mates, aprender a usarla ―respondió cierto imbécil, haciendo alarde de su sabiduría con suma prepotencia. Ya sabría él dónde metérsela el día que encontrase un cuerpo propio.
Ikari no pudo evitar poner los ojos en blanco ante la respuesta, ansiando que el muy gracioso se materializase para poder pegarle un puñetazo en la cara. Pero entonces decidió dejar el orgullo de lado y tratarle con cortesía o de lo contrario se quedaría sin el pan y sin la torta, sola en un monte y con un arma sin usar.

―Póntela ―y la mujer obedeció, ensanchándose el escote del yukata y rodeándose el blanquecino cuello con la sólida franja de cuero coloreado, la que se encontraba gélida como un iceberg e igual de pesada. Se sintió estrangulada por un breve momento, achinando los ojos en una expresión que denotaba incomodidad.
―Esto parece más un método de tortura que un arma en sí ―musitó con desdén, torciendo la boca en un gesto desagradable.
―Quéjate menos y cierra los ojos.
Sólo veía un panorama carmesí con los párpados bajos, los que recibían la luz de sol de lleno sobre la delgada piel. No se escuchaba ni un sonido, ni un batir de alas, ni un crujir de hojarasca. El silencio le hacía pensar mejor y le ayudaba a concientizarse sobre su propio cuerpo en su totalidad. Movió los dedos ligeramente; tanto los de los pies como los de las manos; alzó la barbilla y niveló sus hombros de forma paralela al suelo para acostumbrarse a la liviandad de las cadenas que sostenía con firmeza.
―Haz que tu energía se concentre en las palmas de tus manos con la intensidad de un sol, y luego hazla fluir hacia abajo como si escurriera agua hasta los extremos.
Después de varios minutos de previsualización, la joven, de ojos cerrados aún, pareció sentir que las cadenas aumentaban su peso a medida que transcurría el tiempo, y el mismísimo aroma a lirios comenzaba a dispersarse en el aire como una brisa artificial. Fue en ese preciso instante cuando se dio cuenta de que estaba funcionando, y que no era tan difícil si se asociaba el funcionamiento del flujo de chakra con fenómenos que pudieran imaginarse rápidamente para entender la mecánica del artefacto.
Enarboló las cadenas hacia los flancos de su cuerpo, donde comenzó a hacerlas girar despacio para comprender cómo funcionaba la relación entre el chakra aplicado y el aumento de peso en el arma. Y de soslayo, brillando con un fulgor blanquecino y fucsia, vio cómo los eslabones se generaban a partir del anterior para alargar la cuerda de acero, lo que la llevó a transmitir la misma cantidad de energía dos veces y así comprobar cuánto alcance podría lograr con ella.

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Última edición por Shinkōshoku Ikari el Jue Oct 11, 2012 9:50 am, editado 1 vez (Razón : Edición de colores.)




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Re: Kamereon

Mensaje por Shinkōshoku Ikari el Miér Oct 10, 2012 1:04 pm

Tal y como esperaba, el arma reaccionó a su energía de forma inmediata y no interrumpió la emisión de resplandor en ningún momento, aún cuando la mujer blandió las cadenas rápidamente como si comenzara a entender cómo había que moverse con aquellas extensiones en sus manos. Su vista se fijó de repente en uno de los enormes y pesados troncos que habían sido clavados en la zona para practicar, y esbozó una media sonrisa que se esfumó en cuanto movió la diestra hacia atrás. La cadena pesaba lo suficiente como para poder destrozar lo que hubiera cerca de ella, pero no contó con la liviandad de un material que no servía para atacar a corta distancia. El chicotazo le rozó la cabeza al regresar con la misma fuerza que había aplicado al principio, robándole un rugido gutural en el que resumió todo su descontento mientras una risita irritante resonaba por doquier.
―Si así empiezas, prefiero no ver más antes de que termines con el cuello roto ―dijo él con sorna, regodeándose en la frustración de la joven. Ella se limitó a guardar silencio y poner los ojos en blanco, cerrando los puños alrededor del tibio acero. Dio un paso al frente y, haciendo caso omiso de las continuas risotadas que seguían molestándole, llevó la diestra hacia atrás nuevamente y cerró los ojos. Creyó ver su chakra fluyendo hasta los extremos luminosos de las cadenas como si fueran una continuación de su propio brazo, comenzando a sentir cómo el metal devenía aún más denso y se enterraba en la escasa arena que la kunoichi pisaba con las sandalias. Y fue entonces cuando abrió los ojos de repente e impulsó la cadena derecha desde detrás de sus caderas hacia adelante, dirigida al pilar de madera que tenía plantado quince metros delante de ella. No sólo acertó el golpe, sino que el impacto fue tan brusco que la columnata, retacona y maciza, cedió al medio y desperdigó astillas afiladas a su alrededor mientras la base se salía de la tierra. Con una inmensa sonrisa de suficiencia, la muchacha enarcó una ceja y repitió el mismo movimiento con la siniestra, poniendo sumo énfasis en ello al no ser ambidiestra, y uno a uno fueron rompiéndose los sólidos pilares, cuyos restos quedaron desparramados por doquier como un entrevero sepia de estacas partidas.
―Prueba aflojar los hombros ―oyó que le decía como al oído, a lo que Ikari respondió con un corto asentimiento de cabeza para después relajarse cuanto le era posible. Por un momento creyó que el entrenamiento había concluido al verse a sí misma tan confiada, pero sintió la necesidad de seguir por varias horas más de lo previsto hasta el cansancio. Cuando el ocaso entintó el cielo en un variopinto degradé, la esbelta figura permanecía inmóvil en medio del claro generando la imagen de un ser con extremidades luminosas que fijaba la vista en un horizonte que la vegetación le impedía ver. Cuando dio un paso y avanzó, un chisporroteo arrancó destellos dorados a los árboles más próximos, los que servirían de únicos testigos de la destreza innata y el trabajo duro compaginados en el guerrero. Ya no se movía con torpeza e inseguridad, sino que pisaba fuerte y hacía temblar la gravilla bajo ella, girando en un eje imaginario que le hacía parecer un mero cuerpo borroso cuya luz competía con la poca que ya se desvanecía ante la inminente presencia de la luna y su reinado de silencio. La electricidad oscilaba emitiendo un chirrido casi inaudible para la mujer, quien estaba más que acostumbrada al áspero sonido; y, a decir verdad, parecía disfrutar de una melodía que sólo ella escuchaba resonando en su fuero interno, hasta que fue interrumpida. Al final de un giro, Ikari quedó en medio del sendero otra vez y de frente a un espectador cuya cara no veía pero que estaba segura de conocer. Las cadenas cesaron su fulgor y se redujeron en longitud, escondiéndose bajo las largas mangas del yukata que vestía su dueña, la que sonreía de lado y arqueaba las cejas con soberbia mientras caminaba hacia cierto pelinegro que esperaba por ella como un monolito.
―¿Terminaste? ―pareció reprocharle Hideyoshi, a quien había olvidado en el campo de entrenamiento contiguo por desquitar la curiosidad despertada por la gargantilla. Ella no contestó y lo rebasó por un costado para emprender el viaje de regreso a su morada, a sabiendas de que Jade también andaba cerca por si las moscas.


―¿Cómo es que sabías cómo usarla? ―dijo la mujer para sus adentros. Al principio se hizo el silencio en aquel páramo verde desde donde podían observarse los campos de arroz.
―Yo lo sé todo ―le espetaron con sorna, demostrando claras intenciones de no tocar el tema. La fémina sabía que algo no andaba bien con el que moraba en ella y tenía muchas más preguntas que hacían lo imposible por ser pronunciadas, pero terminó por rehusarse a cuestionarlo todo y agradecerle internamente por la ayuda prestada. Ya se enteraría.

Kamereon no gengo: desbloqueada. [76 / 75]


Última edición por Shinkōshoku Ikari el Jue Oct 11, 2012 9:52 am, editado 1 vez (Razón : Edición de colores.)




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